
La noche había sido realmente mágica. Poder estar en brazos de quien te quiere es un buen remedio para todos los males.
La ausencia de Brujis y Phanser se había notado, aunque estaba más pendiente de la ternura del lobito que del resto del universo.
Cuando ya no hubo excusas para poder permanecer juntos y despiertos, Urwen y los de las otras casas protestaban ya demasiado por no poder dormir, permanecieron un rato más, abrazados en el pasillo frente a la puerta de los dormitorios. Era como si quisieran recuperar en una sola noche todo el tiempo perdido. Finalmente se separaron a desgano con un beso que pareció eterno.
Sandris entró al cuarto, sus compañeras dormían, por un momento pensó en acostarse directamente, pero la necesidad de pensar y relajarse la llevaron a optar por una ducha tibia.
Bajo el agua su mente se despejaba, aunque miles de imágenes pasaban por ella a una velocidad de película. Poco a poco fue separando recuerdos, clasificándolos mentalmente. La unión con sus compañeras quizás se hubiera roto, pero no pasaba lo mismo con la mente de Araminta, su risa al momento de pensar que todo estaba en paz se lo había confirmado. Ya lo había sospechado cuando al hablar con el retrato de Gabriel estaba segura de cómo revivir a alguien por medio de un horcrux. Quizás al utilizar los conocimientos de la mortífaga para romper los hechizos protectores de Kazuk había hecho esa unión, que creía disuelta, aún más fuerte. Esa noche se había sorprendido perdiéndose en los ojos de Xtrada, recordando de pronto otros ojos parecidos a los suyos y su mente se invadió con el rostro de Aegnus y recuerdos que no le eran propios. Había disimulado esos momentos recostándose aún más contra el joven y evitando que viera en sus ojos. Tenía miedo que todo lo que pasaba por su mente él lo viera reflejado en su rostro.
No sabía cuánto tiempo había permanecido en la ducha, el sol ya había empezado a desgarrar las sombras de la niebla mañanera cuando la joven se acercó a su armario envuelta en una toalla. Observó a sus compañeras durmiendo y aunque su cama se veía por demás de tentadora optó por ponerse unos jeans, un playera mangas largas, borcegos y se cubrió con su capa de viaje. En la cintura llevaba el puñal... recuerdo de su amigo y en el bolsillo a Edelweiss. Silenciosamente salió de la habitación y tomó el traslador hacia la planta baja. Una vez allí se dirigió sin hacer ruído hacia los jardines y se alejó para poder desaparecerse sin que nadie lo notase. Antes de que pudiera hacerlo una mano pequeña tomó la suya. No necesitó mirar para saber quién era.
-Buen día Tomi – dijo con una sonrisa en sus labios – de nuevo a lo de Gabriel.
Antes de que ella pudiera volver a pensar el elfo ya los había hecho aparecer en la sala de la casa de Van Helsing.
-Vaya, vaya, que pronto vuelves a visitarme. ¿Y a qué se debe el placer esta vez?
El tono burlón del hombre del retrato sonó en el silencio del lugar. La muchacha miró al elfo y sonriéndole dijo:
-Gracias Tomi ¿nos puedes dejar un rato solos? Yo te llamo cuando ya esté lista.
-Si, señorita Sandris, pero por favor, no demore,
-Tranquilo, no creo que lleve mucho tiempo.
El elfo desapareció y la joven contempló el rostro burlón del retrato.
-¿Qué es lo que esperas conseguir en tan poco tiempo vampirilla?
La joven lo miró y acercándose al retrato clavó sus ojos en los de él y casi en un susurro que no ocultaba la firmeza de su decisión, respondió:
-Revivirte…


